A Estrella, la diosa selvática

Cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.
BORGES

Fue un día que no recuerdo, fue una noche violenta cuando conocí a Estrella. Yo por esos tiempos estaba solo como un gato enjaulado esperando su pelotita de hule. Iba caminando por las calles rojas de Lima, esa lima beata que lleva siempre el crucifijo pegado en el pecho, pero tiene un gran escote dónde se le ven las tetas. Entre el revoloteo anestesiado del tipo negro –alto que me habló y me dijo que la entrada sólo costaba un sol. Lo miré como si mirara a la nada y le pagué con delicadeza inglesa. La puerta era acolchada roja. Adentro el baño carecía de agua. Y, en un tubo que simulaba un falo crispante y casi dantesco, bailaba una de las chicas sacándose la tanga en el faroleo fosforescente de las luces de neón. Me senté, pedí una cerveza y mientras tomaba, el moreno – alto anunció con bombos y platillos a una chiquilla que canchera se acomodaba el trapo olor a naipe que le tapaba el fauce posiblemente tarapoteño y que ahora movía indecentemente por un sol.
Ella Salió y se enredo en el falo plateado y frio como la nieve, se movía con gran destreza y mis ojos melancólicos y miopes se cruzaban con sus ojos verdes de contacto. Terminó su baile exótico, al ras del orgasmo de aquellos fariseos que saboreaban al ver los senos pronunciados de Estrella, y la carne rosada que no dejaba nada a la imaginación. Ahí estaba Estrella desnuda como una diosa selvática que amamantaba las miradas sucias y limeñísimas de esos maniáticos de amor.
En eso ella saltó como una tigresa a su presa, se me acercó desviando con maestría el manoseo arrecho de esos encriptados por el perfume escarcha de Estrella. ¿Me invitas un trago? Me preguntó sentándose en esa silla de madera gruesa. El moreno – alto se acercó y destapó la cerveza. Yo pagué, mientras ella tomaba y me preguntaba mi nombre mientras agarraba con sus uñas pintadas de rojo los hilos de mi jean levis. Eres un lindo muñequito, se lo agradecí, y le dije que era bella, y no mentía, era una diosa selvática que quizás con un poco de suerte saldría pronto de ese mundo enclenque dónde estaba metida. Se llamaba Rosa, pero su seudónimo era Estrella, porque las estrellas brillan mucho y no dejan de brillar me dijo casi sin guiñar los ojos. Me seguía agarrando el muslo, y se acercaba más, me dijo para ir a un lugar más discreto. El moreno – alto, se acercó y nos guió como quién nos está llevando a la tierra prometida un lugar con aroma seco, con grafitis inentendibles que saboreaban la escarcha plateada de Estrella. Son cuarenta soles me dijo el moreno – alto, yo pagué casi desmayado por el aroma de Estrella. Él me dio un condón, y me dijo provecho, la estrellita es un amor, saboreó su lengua serpentina, mientras yo lo miraba irse, perderse por esa senda anacrónica de ese antro limeño. Ella se acercó a mí y me bailó como sólo saben bailar las diosas, me tocó el bóxer creciente, bostezó en mi silencio, acurruco sus pezones en mi pecho flaco, respiró en mi nuca, inspiró un poema que jamás escribí. Se desnudó y pude verle la cara arrecha de esa niña mujer de diez y siete años. La paré y le dije que no quería sexo, que quería conocerla mejor, ella se sorprendió se tapo lentamente, dándome la espalda y la mirada perfecta de sus nalgas selváticas. Eres un caballero me dijo suspirando en el otoño de la noche, nos contamos nuestras vidas, nuestros silencios, un beso prófugo voló entre la oscuridad neblina de ese cuartito con muebles de chifa y con olor a escarcha y orine, con olor a eyaculación precoz del proletariado carnívoro. Nos besamos como si nos conociéramos de tiempo. Y, me dejó su número telefónico. Salimos y nos dimos otro beso de despedida, me hizo prometerle que vuelva. Nunca más volví, regresé una noche calata que Lima roncaba pero el moreno –alto, me dijo, flaco la Rosa se quitó hace 1 mes. Y yo me fui bostezando teniendo aún en mi piel el olor a escarcha plateada que cantaba en su cuerpo. Y como olvidarme del verde mar de sus ojos falsos, y sus senos y su cuerpo de diosa jugando a bañarse entre las luces de neón que felizmente ya dejó para siempre.

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